Nunca más

19 01 2008

Se acabó está fue la última que “J” me hizo. Entré en el dormitorio, me miré al espejo y lo arrojé al viento como se van volando los papeles inservibles.

Creí que no podría con esto, que no podría sentirme peor, que me había destrozado la cabeza, el alma y el corazón intentando entender por qué mi edificio de naipes se había caído en mil pedazos. Ahora lo sé, “J” la hizo linda, jugó conmigo y su servidora como la más lorna de las heroínas de telenovela mexicana cayó en la trampa misma María la del Barrio.

La ira es la primera reacción cuando se te cae la venda de los ojos y te das cuenta de lo idiota de tu comportamiento, de lo paparula que puedes ser. Me miré al espejo y me pregunté ¿Quién eres? y ¿quién quieres ser?, miré en retrospectiva, analicé mis cambios, agarré una tijera y corté cada una de sus fotos. Cómo fui tan tonta al creer que quería volver conmigo. ¿Volver contigo? ¡las pelotas!
“J” hasta aquí llegaste, hasta aquí soporte cada uno de tus desplantes, cada uno de tus besos, ya no tengo tu olor en mi piel, tu sabor en mi boca, desapareciste. Los chocolates terminaron en el estómago del perro, el vino en el inodoro y tus fotos en el tacho.





Caí

14 01 2008

Sentí su aliento cerca al mío, no dijo palabra, solo me besó y terminó desatando ese vendaval de emociones que quería desechar.

Se disculpó un millón de veces por mensajes de texto y teléfono, me pidió que fuera, que por favor lo ayudara. Solo pensé en que me necesitaba, en que debería ir en su auxilio pero sobretodo en que debería aparentar no sentir nada.

Al subir las escalinatas del departamento en San Borja, las piernas me temblaban, de los nervios había perdido mi libro de Borges en el bus, respiré hondo y toqué. Ahí estaba frente a mi sonriendo, pidiéndome disculpas nuevamente por el estúpido error de haber olvidado mi cumpleaños. No dije nada.

Me limité a decir que saque su libro de inglés que deberíamos ponernos a estudiar. Se me cayó el lápiz tres veces, la punta se rompió, estaba haciendo el papel de torpe hasta que una frase me despertó. “Me duele el cuello” dijo mirándome, pidiéndome con los ojos que lo toque, que le haga uno de esos masajes que terminaban por dejarlo adormilado.

Me miró, lo miré y me levanté. Lo toqué, la piel se me puso de gallina y todo lo que sentía empezó transmitirse de alguna forma en cada uno de los movimientos de mis manos. “J” volteó, me miró, me quitó lo cabellos de la cara y me besó. No dijo nada.

Caímos en un hechizo que terminó en esas sábanas que cobijaron nuestras fantasías, tenían su olor, sentía su piel en la mía, éramos los mismos, uno y solo. No pude evitar la sonrisa, él no me miraba, estaba concentrado en explorarme en leer en mi piel, en saber si seguía siendo suya.

Era un sueño y una pregunta rondó mi cabeza ¿volvimos? es verdad, será que somos los mismos. Tras compartir la cama, volvimos a estudiar, lo miré y se lo pregunté en inglés. No dijo nada.

A las 7 de la noche estábamos parados esperando el bus que me llevaría de vuelta a mi habitación, a ese rincón donde están la botella de vino, los chocolates, mis lágrimas y un disco de Joaquín Sabina.

Al momento de despedirnos me dijo: “No me llames, yo te llamaré”. La frase fue un cuchillo que se clavó en mi orgullo. Subí al bus sintiéndome una tonta y baje de él, liberada.