Después de ese nefasto episodio en el taxi, “J” no dejó de llamarme durante toda la semana, al final harta de tanta tontería resolví decirle que me iba a hacer el test de embarazo para salir de dudas.
Nos encontramos una tarde de viernes y salimos a caminar por Miraflores. “J” no dejaba de mirarme como buscando un atisbo de esperanza en mis ojos, un poco de amor. Después de varios silencios incómodos y de preguntarle cómo le iba en el trabajo y demás trivialidades, que uno le pregunta a la persona de al lado solo por charlar, me tomó de las manos y me dijo: Discúlpame por haber sido tan idiota.
Se me heló la sangre. Me abrazó y no emití sonido. Tenía miedo y remordimientos. Fue amor, lo supe cuando empezamos a salir y lo supe cuando terminamos. Yo lo quería y él, tal vez, me quiso en su momento. Era el momento de cerrar el libro. El momento de reconciliarme con él y convertirlo en un amigo entrañable.
Se disculpó por todo, me dijo cada pecado, cada metida de pata, cada mentira y yo hice lo mismo. Terminamos riéndonos y le dije la verdad, que esa noche solo había querido fregarle su plan porque lo odiaba. No se molestó, solo me dijo que no es bueno tener a alguien ‘con los huevos de corbata’ durante una semana solo placer. No le pareció infantil, en cambio, a mi sí.
Nos abrazamos y me despedí de “J” para siempre. Ahora, empieza el cambio. ¿Quién se une?
