No sabemos quienes somos, ni cómo somos, ni a dónde vamos, ni por qué estamos en el mismo bus, mirando las mismas calles y sintiéndonos igual de miserables. Las calles son así, son así. Serpentean, te hacen saltar y distraerte de tu realidad.
Me rozaste la mano y sentí que el contacto físico fue algo más que un simple roce tosco producto de un bache de la avenida La Marina. Nos miramos y me dijiste, disculpa, te miré y te dije no te preocupes. Bajamos en la misma esquina y caminamos por los mismos lugares. Hasta que te atreviste a decirme tu nombre, soy A.
Soy F y nos metimos a una cafetería cercana a conversar, quién iba a saber que vivías a solo cinco cuadras de mi casa, que te gustaban los Beatles y que no tenías ningún reparo en invitarme a salir el viernes próximo.
En la salida hartos de las formalidades caminamos por la residencial San Felipe y empezamos a besarnos escondidos en las sombras de esos edificios que mas tienen de naves espaciales. No nos acostamos por que esas cosas solo complican las despedidas, sabías que era pasajero pero había que disfrutar el momento.
Te ibas a Estados Unidos el viernes 18 de julio y me dijiste que me dabas material suficiente para contar una buena historia. Recuerdo que a mi lado eras el noveno pasajero y yo el alien, que nos reímos hasta las tres de la mañana del serenazgo que nos seguía, su curiosidad por sorprendernos haciendo el amor infraganti era más poderosa que su deber.
Me pusiste contra la pared y me retaste tantas veces que tuve decirte que te bajes de mi nave espacial y camines solo en la garúa. Regresaste corriendo con una margarita y me dijiste si podía volver a subirme, por que era tu alien y el noveno pasajero tenía la misión de encaminarlo de regreso a su planeta.
Esas naves de concreto me raptaron y tú volaste anoche con una margarita marchita en un libro y dos besos en la mejilla. El noveno pasajero, tomó su vuelo y me dejó con algo más que cicatrices de batalla y sonrisas de estrellas.
