“¿Qué haces viendo eso? – preguntó mi madre al verme tirada en mi cama con un bote lleno de canchita, una Coca Cola de medio litro y muy feliz mirando un partido de fútbol. Escribo sobre deportes, leo libros y revistas deportivas (de buena calidad no cualquier tontera), respondí. Mi madre me dio su perorata de que debería usar sandalias en vez de zapatillas, que debería lucir siempre bella y lozana e invertir mis días en algo tan productivo como leer Seventeen, Cosmopolitan (donde te enteras cómo hacer feliz a un chico en la cama, cómo si se necesitara un manual para eso), Vogue y otras tonterías que solo las ojeo cuando aparece un cantante.
Después de una perorata de 10 minutos, le dije hace 23 años que estamos en lo mismo, no crees que ya te debes resignar. Además, no es que solo me interesen los deportes, también veo documentales, amo el cine, la literatura, la pintura y la música pero esas últimas tres cosas para mi madre son irrelevantes sino las acompaño con unos tacos número 7, un poco de rubor en las mejillas y una risa insulsa acerca de los chistes de algún cacaseno que solo tiene de cerebro un maní.
Lo digo a mucha honra soy una chica a la que le gusta estar cómoda y a la que le gustan algunas cosas de chicos. No tengo ningún problema en admitir que modelo está fuertaza o que esos malditos zapatos de taco hacen que mis pies estén tan apretados como los jeans de Jessica Simpson.
Las palabras de mi madre sobre mi estado actual (echada patas arriba en mi cama y peleándome con los comentaristas deportivos) me hizo a pensar en mis relaciones anteriores. En cómo pase de ser el mejor ‘amigo’ de mis enamorados a convertirme en la chica que los hace decir “Guau, mi amor eso fue increíble” (y que conste que no me estoy creyendo la gran cosa, la verdad es que los que trabajan más son ellos)
Antes de conocer a J yo no tenía ni un maldito polo con escote, solo usaba jeans, polo y zapatillas, mi uniforme predidelecto. Lo mismo me pasó con M, con F, con A y con muchos más, no tuve que leer Cosmopolitan o Seventeen para que se fijen en mí, bastó una conversación, muchas risas, algunas salidas y listo, nos enamoramos (al menos, eso creímos) y la pasabamos bien durante los meses (o semanas) que duró.
Miles de mujeres en el mundo creen que tener la figura perfecta, les garantiza el hombre perfecto, que riéndote de las bromas del chico en cuestión y demás tienen asegurada la felicidad eterna. Pasan los años y se dan cuenta que nada es como en las revistas, que a veces un hombre busca algo más que buenos pechos y un trasero a lo JLo (antes de salir embarazada porque ya se le cayó). He visto casos de amigas muy guapas, cuyos ex enamorados terminan con chicas horribles (no exagero) y todo por que les brindan algo que mi mejor amigo F llamó “amor incondicional”, es decir, apoyo emocional, algo más que ese “pobrecito” o “no te preocupes mi amor ya va a pasar”, buscan alguien del sexo opuesto con quien conectarse.
Después de mi casi matrimonio, me puse a reflexionar en eso. No solo por lo que mi madre me repite todos los días sino también por algo que me preguntó mi hermana sobre F (el italiano), ¿Puedes explicarme qué rayos te vio?.

